Raúl Gómez Jattin; el poeta de las calles
Aquel poeta de Cereté, habitaba los caminos de esa Cartagena, cuando Transcaribe no le había quitado la virginidad a sus calles, y cuando entre la calle de las damas y la de los siete infantes no existía un solo extraño. En realidad dormía donde se le aparecía la noche, sin mas compañía que unos cuantos versos que guardaba, en un cuaderno viejo, feo y amarillento, que no difería del protagonista de esta historia.
Su nombre era Raúl, y todos sabían que era poeta, que había ganado algunos premios y que era respetado en la capital –allá donde sus gentes, tienen gusto por las cosas extravagantes-, todos sabían que había escritos libros, pero sobretodo sabían muy bien que era loco.
Al igual que sus poemas, caminaba mendigando granadillas y sonrisas, las gentes anacrónicas del centro de la ciudad sentían lastima por el, ante todo, porque era de buena familia, y porque su vida la había echado por la borda debido a las drogas.
Pero Raúl no pensaba de la misma manera, sentía que no era el equivocado, más bien era el incomprendido, pues si algo tenia seguro es que no era como los demás, como los de la ciudad que lo vio nacer, o como los del pueblo que lo vio crecer, Raúl sabia, a ciencia cierta que era un genio, que tal vez nació en el lugar o en el siglo equivocado.
De esas gentes se burlaba, pues las encontraba ignorantes, el era un hombre realmente libre, quien no soportó las ataduras de un mundo lleno de contradicciones y falsedades, un mundo que seguramente entendía y por lo tanto despreciaba.
Sus últimos años de vida realmente fueron dolorosos, inclusive para el mismo, vagando por las calles una y otra vez, cada vez más viejo, más sucio, más solo, pero sobretodo cada vez más acabado de tanto andar y no llegar, de tanto hablar y no ser escuchado, de tanto ruido de voces internas, ya que el exterior, prefirió obviar el poeta.
Su muerte fue ante todo escandalosa, ya que un caluroso día (como cualquiera en Cartagena), decidió acabar con su vida, o quizás fue la vida quien decidió acabar con él. Así que muy temprano en la mañana, decidió abalanzársele a un bus, para ya no ver más aquella ciudad que lo vio nacer y que ahora lo veía morir, pero que jamás vio formar el poeta.
Ahora su nombre es muy bien conocido, ahora que se fue sus gentes lo respetan, y de cierta manera lo comprenden, tenias razón Raúl, son gentes horribles.
Raúl Gómez Jattin, el mendigo, el loco, el poeta, no les haces mucha falta, pero como haces de falta. Poeta, yo misma me arrepiento, que a mis buenos 11 años tu aspecto me haya asustado, y me haya obligado a cruzar la calle para no tener que encontrarme con la genialidad de tu espíritu.
Sólo me queda la satisfacción de saber, que si tus poemas eran un reflejo de tu espíritu, de tus sentimientos, estarás mejor donde te encuentres, ya que tu cuerpo no será de nuevo el carcelero de tu alma.
Aquel poeta de Cereté, habitaba los caminos de esa Cartagena, cuando Transcaribe no le había quitado la virginidad a sus calles, y cuando entre la calle de las damas y la de los siete infantes no existía un solo extraño. En realidad dormía donde se le aparecía la noche, sin mas compañía que unos cuantos versos que guardaba, en un cuaderno viejo, feo y amarillento, que no difería del protagonista de esta historia.
Su nombre era Raúl, y todos sabían que era poeta, que había ganado algunos premios y que era respetado en la capital –allá donde sus gentes, tienen gusto por las cosas extravagantes-, todos sabían que había escritos libros, pero sobretodo sabían muy bien que era loco.
Al igual que sus poemas, caminaba mendigando granadillas y sonrisas, las gentes anacrónicas del centro de la ciudad sentían lastima por el, ante todo, porque era de buena familia, y porque su vida la había echado por la borda debido a las drogas.
Pero Raúl no pensaba de la misma manera, sentía que no era el equivocado, más bien era el incomprendido, pues si algo tenia seguro es que no era como los demás, como los de la ciudad que lo vio nacer, o como los del pueblo que lo vio crecer, Raúl sabia, a ciencia cierta que era un genio, que tal vez nació en el lugar o en el siglo equivocado.
De esas gentes se burlaba, pues las encontraba ignorantes, el era un hombre realmente libre, quien no soportó las ataduras de un mundo lleno de contradicciones y falsedades, un mundo que seguramente entendía y por lo tanto despreciaba.
Sus últimos años de vida realmente fueron dolorosos, inclusive para el mismo, vagando por las calles una y otra vez, cada vez más viejo, más sucio, más solo, pero sobretodo cada vez más acabado de tanto andar y no llegar, de tanto hablar y no ser escuchado, de tanto ruido de voces internas, ya que el exterior, prefirió obviar el poeta.
Su muerte fue ante todo escandalosa, ya que un caluroso día (como cualquiera en Cartagena), decidió acabar con su vida, o quizás fue la vida quien decidió acabar con él. Así que muy temprano en la mañana, decidió abalanzársele a un bus, para ya no ver más aquella ciudad que lo vio nacer y que ahora lo veía morir, pero que jamás vio formar el poeta.
Ahora su nombre es muy bien conocido, ahora que se fue sus gentes lo respetan, y de cierta manera lo comprenden, tenias razón Raúl, son gentes horribles.
Raúl Gómez Jattin, el mendigo, el loco, el poeta, no les haces mucha falta, pero como haces de falta. Poeta, yo misma me arrepiento, que a mis buenos 11 años tu aspecto me haya asustado, y me haya obligado a cruzar la calle para no tener que encontrarme con la genialidad de tu espíritu.
Sólo me queda la satisfacción de saber, que si tus poemas eran un reflejo de tu espíritu, de tus sentimientos, estarás mejor donde te encuentres, ya que tu cuerpo no será de nuevo el carcelero de tu alma.


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